Las aventuras de la camilla Rusti: Dolor lumbar.

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—¡Todos a sus puestos! ¡Zafarrancho de combate! ¡Arrojad los botes! —gritó el capitán.

»¡La batalla está a punto de empezar! ¡Piratas!, ¡esta vez no me podéis dejar en la estacada! Ya sabéis que vosotros mantenéis este barco a flote y, sin vosotros, estaría hecho pedazos. ¿Estamos todos listos? 

»En la proa, músculos abdominales, ¿estáis listos para disparar? 

—Sí, mi capitán. 

»En la popa, músculos lumbares, ¿listos para mantener este barco erguido? 

—Sí, mi capitán. 

»Babor y estribor, músculos oblicuos y transversos, ¿preparados para aguantar esas fuerzas traicioneras que entran por los laterales? 

—Sí, mi capitán. 

»Mis queridos y fieles músculos intervertebrales, ¿estáis despiertos? 

—Sí, mi capitán.

»Listos entonces. Ahora solo queda esperar a la tormenta, que estoy seguro que nos golpeará con fuerza.

Rusti no daba crédito:

—¿Qué más podía pasar? No era suficiente con poder escuchar a las distintas partes del cuerpo —pensó. Ahora se había metido de lleno en algo parecido a una batalla de piratas. 

—Esto no podía seguir así, la situación se estaba desmadrando. Era el momento de poner algo de cordura —continuó razonando. 

—¡Ejem! —profirió Rusti—. ¡Disculpe! ¿Qué está ocurriendo aquí?

—¿Que qué está ocurriendo? Estamos a punto de combatir en una de las batallas más épicas de la historia de la navegación y nos viene con preguntas absurdas. No tengo tiempo para conversaciones banales. Aquí mis artilleros y yo estamos dispuestos a luchar hasta morir. El mínimo error y nos vamos a pique.

—¿Quién exactamente es Usted? —preguntó Rusti en un tono insolente. 

—Yo soy Diskus, capitán de este navío.

—No quiero ser pesado, pero yo no veo ningún barco por aquí. Por ver, no veo ni agua —dijo Rusti.

—Que no ve ningún barco, dice. ¡Qué desfachatez! ¿No ve usted este magnifico mástil y estas grandiosas velas que lo rodean? ¿Acaso es usted ciego?

A Rusti le entró la risa. 

—Supongo que se referirá a la columna vertebral y a los músculos que la rodean.

—Claro que sí, viejo esbirro. Empezamos a hablar el mismo idioma.

—Muy bien —continuó hablando Rusti siguiéndole la corriente a Diskus. 

—Ya entiendo lo del barco. Ahora, lo que no entiendo muy bien es lo de la batalla o, más bien, no entiendo contra quién estáis combatiendo.

—¡Dejad que se lo explique! Somos muchos los que hacemos posible que este barco navegue por este mundo lleno de fuerzas que nos empujan de un lado a otro. Aparte, lógicamente, de la gravedad que nos comprime hacia abajo. Yo, como capitán de este barco, me encuentro en el centro de todo, en el cuadro de mandos. Como mi nombre indica, Diskus, soy una almohadilla cartilaginosa de forma circular que se encuentra entre las vértebras. Vulgarmente, me llaman disco intervertebral, pero yo prefiero capitán o comandante. Desde que el ser humano decidió caminar erguido, en vez de a cuatro patas, todo han sido problemas y me ha caído encima un peso difícil de llevar. Mi función, como puede imaginar, es la de amortiguación, permitiendo ligeros movimientos de las vértebras y actuando como un ligamento que las mantiene juntas. En total, somos treinta y tres discos distribuidos a lo largo de toda la columna, uno entre cada vértebra.

—Muy interesante —comentó Rusti. Diskus había conseguido atraer toda su atención. Con todo lo que había aprendido sobre el cuerpo últimamente, esto le parecía fascinante. 

Arriba, en la camilla, el fisioterapeuta Jaime estaba haciendo unos ejercicios con un nuevo paciente: jugador de tenis, con un palmarés espectacular, un icono mediático, un gentlemen. Así lo describen los que lo conocen. Pero todos los héroes tienen su tendón de Aquiles y, en el caso de Roger (que así es como se llamaba) era la espalda. Durante casi toda su carrera había padecido dolores de espalda que incluso lo llevaron a retirarse en varios torneos. 

—¡Así que tu eres el GOAT! —comentó Jaime en un intento de romper el hielo. 

—¿Una cabra? ¡Goat quiere decir cabra en inglés! ¿Jaime va a tratar a una cabra? ¡Ni hablar!, ¡me niego! —exclamó Rusti asustado. 

El viejo Sofá, que siempre estaba atento, soltó una gran carcajada. 

—Rusti, a veces no entiendo cómo una camilla como tú, que tanto has viajado, no sabes que GOAT, en deporte, quiere decir: Greatest Of All Times, el mejor de todos los tiempos.

—¡Uf! ¡Menudo susto! Ya lo que nos faltaba —comentó Rusti. 

Jaime y Roger ya estaban a punto de empezar la primera sesión de fisioterapia. 

—Vamos a empezar con unos ejercicios isométricos —explicó Jaime. 

—¿Iso qué? —preguntó con curiosidad Rusti. ¡Por favor, que alguien me explique qué es eso!

—Supongo que ese alguien soy yo —se apresuró a decir el viejo Sofá—. Los ejercicios isométricos son un tipo de entrenamiento de fuerza en el que se mantiene una posición sin movimiento. En otras palabras, se contraen los músculos sin mover las articulaciones. En estos ejercicios, la resistencia se genera a través de la tensión muscular y no a través del movimiento. Son muy efectivos para fortalecer zonas lesionadas.

Roger ya conocía esos ejercicios, ya los había realizado con anterioridad.

—¿Otra vez estos ejercicios? Mira que parecen sencillos, pero ¡cómo me cuestan!

—Sí —respondió Jaime—, lo que intentamos es activar los músculos profundos de la espalda, los músculos estabilizadores, también llamados intervertebrales. Tenemos que fortalecer la columna para que esté más estable, más solida, pero siempre con cuidado de no irritar o inflamar estructuras como los discos. 

—¡Pues venga! ¡Dele duro, doctor! —ordenó con gracia Roger. 

El ejercicio consistía en lo siguiente: Roger estaba sentado en la camilla, con los pies apoyados en el suelo. Tenía las manos cruzadas delante del cuerpo y mantenía una postura recta, con la mirada al frente. En esta posición, Jaime le empujaba desde varios lados alternativamente. El objetivo de Roger era mantener la postura recta, sin que el empuje de Jaime lo doblase hacia los lados. 

—¡Vamos a ello! —comentó Jaime—. ¡A la cuenta de tres! Uno, dos,…

Abajo, en las profundidades de la columna, se palpaba la tensión. 

—¡Grumetes! ¡Aquí vienen la embestidas! —gritó Diskus.

—… ¡tres!—. Jaime empezó el ejercicio. 

—¡Empujad, empujad, empujad! ¡Fuerte, fuerte, fuerte! —ordenaba Diskus sin cesar.  

A medida que Jaime iba empujando y Roger resistiendo, todos los músculos, como en una coreografía perfectamente orquestada, se iban contrayendo para que la columna siguiese recta y, sobre todo, para que los discos intervertebrales no sufriesen. 

—¡Muy bien! —gritó Diskus con energía—. Seguimos así hasta la victoria.

—Ya casi hemos terminado. Tres más y acabamos —dijo Jaime. 

Por fin se hizo la calma. Jaime había dejado de empujar. Roger y todos los músculos de su espalda resoplaban exhaustos. Una vez que bajaron sus pulsaciones, Roger aprovechó el momento para hacerle algunas preguntas a Jaime: 

—Jaime, no entiendo una cosa. ¿Por qué me ha pasado a mí esto en mi espalda? Tampoco es que fuese un gimnasta profesional. He jugado mucho al tenis, cierto, pero conozco a muchos compañeros que no tienen dolores de espalda. Cuando era joven, en Suiza, lógicamente, no era tan serio haciendo los calentamientos, los estiramientos, los masajes, los baños con hielo. Pensaba que esas cosas no servían de nada. También me desesperaba mucho en los partidos y llegaba hasta a romper raquetas. Pero todo cambió en ese partido contra Sampras en Wimbledon. Era 2001 y yo tenía 19 años. A partir de ese partido, me di cuenta de que, si trabajaba de forma correcta, podría ganar a los mejores. Nació un nuevo Roger y, desde ese momento, me comporté de forma muy profesional, tanto dentro como fuera de la pista, donde hacía todo lo posible para evitar las lesiones.

Jaime contestó: 

—En efecto. Eso a lo que te refieres es el llamado entrenamiento invisible (todo lo que se hace fuera de las pistas y que la gente no puede ver) y que es cada vez más importante. Por ejemplo, es muy importante comer bien, ponerse hielo, hacer estiramientos, calentar… Muchas de estas acciones se pueden hacer en casa, viendo Netflix, por ejemplo. Los mejores jugadores son expertos en todo esto. Aun así, la naturaleza a veces es caprichosa y muchas lesiones (como las protusiones o hernias de disco) pueden ocurrir aunque seamos la persona más prolija del mundo. A no ser que haya una hiperactividad o un accidente, los dolores de disco se asocian, sobre todo, con el proceso natural de envejecimiento de la columna. Los discos de la columna actúan como amortiguadores entre las vértebras y, con el tiempo, pueden deshidratarse y perder su flexibilidad, haciéndolos más susceptibles a sufrir daños.

—Antes de que sigas —interrumpió Roger—. Para empezar no entiendo cuál es la diferencia entre protusión y hernia. Tampoco sé si en la espalda tengo alguno de estos dos males o simplemente una degeneración.

—Claro, perdona. Muchas veces doy por sentado que la gente tiene conocimientos de anatomía humana. Alguien tendría que escribir un libro que describiese las lesiones más comunes del cuerpo humano de una forma más amena, más entendible.

Jaime continuó diciendo: 

—Una protusión es la forma más leve de desplazamiento del disco. En los discos, que están rellenos de una sustancia gelatinosa, este líquido empuja hacia un lado intentando romper el borde del disco, pero la capa externa del disco está intacta. En las protusiones, el desplazamiento del disco es hacia un lado, sin que ese líquido salga al exterior. Por otro lado, una hernia de disco es una afección más grave en la que la capa externa del disco se rompe, lo que permite que dicho líquido gelatinoso se escape. Esto puede causar presión en los nervios cercanos, lo que provoca dolor, inflamación, entumecimiento o debilidad. Ambas condiciones pueden causar problemas similares, pero la gravedad y la ubicación de los síntomas pueden ser distinta.

—Me gustaría completar esta interesante información de Jaime —se oyó decir al viejo Sofá—. Las protusiones o hernias discales lumbares son afecciones comunes de la columna que afectan a un número significativo de personas en todo el mundo. Si bien la prevalencia exacta de las protusiones discales varía según el estudio y la población estudiada, se estima que hasta el sesenta por ciento de los adultos tienen algún problema degenerativo del disco a la edad de cuarenta años.

—Muy interesante —comentó Rusti—. Supongo que esta será casi la lesión más común del cuerpo humano.

Roger seguía intrigado. 

—Ya me hago una idea —añadió Roger—. Me imagino que la única forma de saber lo que realmente tengo en la espalda es haciendo una resonancia magnética. Con una radiografía o ecografía no se pueden diagnosticar problemas en los discos, ¿verdad?

—Exacto. Las radiografías no son la prueba más idónea para diagnosticar hernias de disco, porque no pueden mostrar las estructuras de tejido blando, como los discos de la columna. Las radiografías son útiles para detectar fracturas o deformidades óseas. Por otro lado, la ecografía, por ejemplo, también se utiliza en los embarazos para ver el tamaño del feto, pero no puede distinguir correctamente las estructuras óseas de la columna y no puede visualizar bien los discos —le aleccionó Jaime. 

—Entiendo —contestó Roger. 

—De todas formas —continuó Jaime—, hay una frase que siempre me ha gustado y que viene muy a cuento en este momento: «¡La clínica es soberana!».

—¿Qué quiere decir? —preguntó Roger. 

—Simplemente que, en el fondo, el diagnóstico por imagen tiene una importancia relativa. Las pruebas diagnósticas las utilizamos, sobre todo, para descartar que no haya ningún daño importante, ninguna rotura, ningún desgarro, ningún tumor o ningún quiste. En la inmensa mayoría de los casos las resonancias o ecografías no enseñan nada que vaya a cambiar el tratamiento que vamos a realizar. Es muy importante acudir al médico para descartar ese uno por ciento para cubrirse las espaldas. Pero, una vez que el médico nos dé el visto bueno, entonces, como me gusta decir: «¡It’s game time!». Es el momento de trabajar. Lo realmente importante es la clínica: cómo, cuándo y en qué movimientos le duele al paciente, qué es lo que le hace sentir mejor, qué es lo que empeora los síntomas. Lo que tratamos en fisioterapia son movimientos dolorosos, gestos dolorosos, músculos contracturados, articulaciones rígidas y tendones doloridos. No tratamos huesos, discos, hernias o protusiones. Estas son estructuras sobre las que no podemos influir —terminó por decir Jaime. 

Abajo, Diskus, que estaba descansando después de los duros ejercicios, se miraba a sí mismo, comprobando los daños que sufría después de tantas batallas. Como un perro que se lame sus patas para ver dónde tiene alguna herida después de correr entre matorrales detrás de algún conejo, Diskus analizó con mucho detalle cada una de sus partes. Notaba que su lado derecho estaba un poco desplazado, pero no había ninguna brecha, todo su liquido gelatinoso estaba todavía en su sitio. Se tomó unos segundos para pensar, para acordarse de las palabras de Jaime: «Una protusión es una forma más leve de desplazamiento del disco, una hernia es una rotura de la capa externa con salida del líquido». 

Entonces, pensó para sus adentros: 

—Si hay desplazamiento sin rotura y todo el líquido gelatinoso está en su sitio … —. Ahora su voz la escucharon hasta las uñas de los pies de Roger:

—¡Chicos! ¡Grandiosas noticias! ¡No hay rotura! Tengo una protusión, no una hernia. Todos los músculos, vértebras y ligamentos se dejaron llevar por la situación y gritaron al unísono: 

—¡Hurra, hurra, hurra! ¡Diskus no está roto!

Rusti, que estaba observando todo este devenir desde la distancia, no daba crédito. 

—¡Menuda panda de chalados! —pensó.

Roger todavía no tenía muy clara la situación: 

—¿Tendría que hacer una resonancia, empezar a tratarse, reposar, hacer ejercicios? —Estaba confundido. No era fácil descifrar las lesiones y saber qué hacer—. Lo malo de las lesiones es que cada terapeuta o cada médico tienen sus propias ideas y formas de proceder —pensó— ¿Por qué no podrían ponerse de acuerdo? Aunque, pensándolo bien, lo mismo pasaba con los entrenadores de tenis.

Había tenido tantos durante su carrera, que sabía perfectamente que cada uno transmitía un mensaje distinto y entrenaba de forma distinta. Incluso querían que jugase con una estrategia diferente. Por eso, durante unos años, hasta llegó a viajar sin entrenador. Pero de algo se había dado cuenta. No era capaz de curarse sin la ayuda de alguien, y por esta razón Jaime cada vez le transmitía más confianza.

A su vez, Jaime, con tantos años de experiencia, había aprendido a interpretar los silencios de los pacientes. Se podía decir que tenía la habilidad para saber si el paciente todavía tenía dudas o estaba algo confundido y, en este momento, intuía que Roger le estaba dando vueltas a la cabeza. 

—Lo que he intentado transmitirte es mi experiencia. Ahora mismo, independientemente de los resultados de la resonancia, lo que hay que hacer es ponerse a trabajar. En los dolores lumbares solamente hay dos contraindicaciones para no realizar tratamientos y ejercicios. La primera es si el dolor es intenso, si llega a ser tan fuerte como para no poder ni caminar ni estar de pie. La segunda, si que el dolor y la inflamación afecta al nervio ciático y la persona pierde sensibilidad y fuerza en los músculos de la pierna. En estos dos supuestos, una rápida intervención médica es importante. En el resto de los casos no hay ninguna prisa y podemos empezar a hacer tratamiento y ejercicios. 

Roger contestó:

 —Sí, realmente a mí nunca me ha dolido tanto como para dejar de jugar. Recuerdo muchas finales en torneos tan importantes como Wimbledon en los que la espalda me dolía, sobre todo al sacar. Pero, aun así, conseguí llevarme la victoria. En otras ocasiones me he retirado en algún torneo. Pero ha sido más bien por precaución que por un dolor muy intenso.

—Ahí tienes la prueba. Siempre se encuentra un camino.

Roger, en este momento se quedó callado, como reflexionando y dijo: 

—No quiero ser un aguafiestas. Si me has dicho que no podemos influir sobre los discos o vértebras con tus tratamientos, ¿cómo voy a mejorar la protusión o hernia si no podemos tocar el disco? ¿No sería mejor una intervención quirúrgica que mejore el daño de una vez por todas?

Al escuchar esto, a Diskus casi le da un infarto. 

—Tiene razón Roger. Pero yo no quiero que me corten con un bisturí. ¿Habrá otra solución? —dijo desesperado.

En ese momento se hizo el silencio en la consulta. La tensión se podía palpar en el aire. Todos: Rusti, el viejo sofá, Diskus, las vértebras y los músculos estaban expectantes esperando el veredicto de Jaime. Nadie se atrevía a moverse cuando, de repente: 

—Perdonad la intromisión. No sé si es oportuno el momento. Pero yo creo tener la respuesta a la pregunta de Roger —profirió el viejo sofá.

—Ay, viejo sofá. Siempre tan oportuno. Estábamos todos ya esperando a ver qué decía Jaime. Venga, cuéntalo rápido antes de que Jaime empiece a hablar —dijo Rusti.

Bueno, pues aquí va:

—Los procesos naturales de curación del cuerpo pueden hacer que una protusión o hernia de disco mejoren con el tiempo. Este proceso se denomina reabsorción y puede tardar semanas o incluso meses en producirse. Un estudio publicado en la revista Spine en 2010 encontró que el setenta por ciento de los pacientes con hernia de disco lumbar experimentaron una reducción en el tamaño de la hernia durante un período de seis meses. El estudio utilizó imágenes de resonancia magnética para rastrear el tamaño de la hernia y encontró que la reducción promedio fue alrededor del cincuenta por ciento. Vale la pena señalar que no todos los discos se reabsorberán por sí solos. El marco de tiempo para que esto ocurra puede variar ampliamente según la gravedad de la hernia y la salud general y los hábitos de vida del individuo. Puede tardar semanas o meses para que una protusión o hernia de disco se reabsorba por completo.

Nada más oír lo que acababa de decir el viejo sofá, todos los personajes del cuerpo y de la consulta empezaron a gritar de júbilo:

—¡Aleluya! ¡Hay esperanza para Diskus! —Hasta Rusti se unió al griterío.

—Chicos —dijo Diskus—. No adelantemos acontecimientos. Ya habéis oido al viejo sofá. Ha dicho claramente que no todos los discos de reabsorben. Vamos a escuchar Jaime, a ver qué dice.

Jaime se quedó un tiempo pensando, un momento eterno a los ojos de Roger y de las partes del cuerpo. Por fin, dijo en forma de gracia: 

—Mientras haya vida, hay esperanza.

—¿Eso es todo? —preguntó Roger algo molesto. 

—No, ahora en serio. Por poder, un problema de disco se puede solucionar de forma natural, pero no hay ninguna garantía. Todo depende de varios factores, incluida la suerte. Por ejemplo, no es lo mismo una protusión en una persona de veinte años que en una persona de ochenta. El disco de una persona mayor ya estará más deteriorado, con lo que su curación será más complicada. Otro ejemplo, una persona con una salud general buena y un estilo de vida activo, saludable y que lleve una dieta equilibrada tendrá también más garantías de curarse. Pero repito, garantías no hay ninguna. De todas formas, mucha gente tiene problemas en algún disco, pero no tiene síntomas. Insisto, lo importante es la clínica y no la imagen. Seguramente habrá algún campeón olímpico que tenga una protusión y no sea consciente de ello.

—Entonces, ¿qué es lo que puedo hacer yo? ¿Esperar? —inquirió Roger algo desesperado. 

—Eso es justo lo que no tienes que hacer. La curación está en tu mano y depende, en gran medida, de tus acciones. En el fondo, es una lucha contra la inflamación. Normalmente, los dolores de espalda van en paralelo con una inflamación. Si conseguimos reducir la inflamación, los dolores serán menores, independientemente de la lesión que tengas. Por lo tanto, tienes que hacer tratamientos que aumenten el riego sanguíneo y ejercicios de movilidad que relajen la zona. Aparte, llevar una dieta sana antiinflamatoria y evitar gestos o acciones es parte del camino hacia la curación. Una vez que tengas menos dolor, el énfasis se pondrá en los ejercicios de fortalecimiento. La opción de una intervención quirúrgica solamente se estudia si todo lo anterior no funciona.

—Entiendo —dijo Roger—, pero la semana que viene tengo un torneo importante. ¿Crees que no tengo que jugar?

—Bueno, haciendo una clasificación de lesiones, las hay que son peligrosas y las hay que no. En las peligrosas, como por ejemplo una tendinopatía de Aquiles, jugar un partido implica un riesgo elevado de rotura. En este caso, mejor no arriesgarse. Pero en las lumbalgias, sobre todo las crónicas, normalmente no hay riesgo de lesionarte más. Lo único que te va a frenar es el dolor. Por mi experiencia, si juegas con dolor, de todas formas no vas a ganar muchos partidos. Así que mejor ahorrarte el esfuerzo.

—No confía usted mucho en mí, doctor —dijo con gracia Roger. 

—No es que no confíe, pero de lo que estoy seguro es de que jugar con dolor no te lleva muy lejos. Puede que ganes algún partido gracias a la adrenalina y al público. Pero, tarde o temprano, tendrás que parar y curarte esa lesión —clarificó Jaime. 

—Roger that —terminó diciendo Roger.

—¿Qué ha querido decir? —preguntó Rusti. 

—Roger that es una antigua forma de decir que lo has entendido alto y claro —explicó el viejo Sofá. 

—Pues sí que se aprenden cosas en esta consulta —terminó diciendo Diskus—. Vienes creyendo que vas a ir directo al quirófano y sales con la moral alta, con esperanza y con ilusión. No se puede pedir más. Chicos, recoged amarras que nos vamos con la música a otra parte. Rusti, la próxima vez que nos veamos será levantando un trofeo muy grande.

—No me cabe la menor duda —contestó Rusti—. Un placer conoceros a todos.

Así es como terminó la sesión de Roger, que abandonó la consulta de Jaime, con Diskus y su banda a rastras. Rusti todavía no se había acostumbrado a tanta actividad. Se había pasado años escuchando las conversaciones de Jaime y sus pacientes, pero poder escuchar y conversar con las distintas partes del cuerpo lo llevaba todo a una nueva dimensión. Cada día aprendía nuevas cosas sobre el cuerpo humano y no podía dejar de preguntarse si esta situación era parte de una causa mayor.